Cas ianqui, cas català

Del programa de Jaume Fuster emès el 24/04/17 (escolta´l)

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El conegut Jaume Fuster havia de tenir un lloc en aquest blog. Tot i això, la seua lectura no ha resultat allò que se’n diu fascinant. Amb tocs juvenils, aquesta és una novel·leta adient potser per a lectors primerencs o aquells que no busquen rellegir les frases o els paràgrafs. Es tracta d’un relat negre protagonitzat per un detectiu que sempre va per endavant del lector, com en aquells casos de Raymond Chandler. És aquest precisament el to que inunda tota l’obra: la incertesa del lector que va a cegues, més sorprès pels moviments del protagonista que pels inesperats girs de la trama argumental o del mateix cas.

El protagonista sense vergonya, la rossa guapíssima, i els dolents que es mouen per calés. Tot hi és, a cada qual més típic i tòpic. Mereix una oportunitat si el lector és amant de les novel·les negres de senzill rerefons.

L’estiu calorós del 35

Del programa de Ian McEwan emès el 03/04/17 (escolta´l)

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Feia temps que no llegia un llibre així. I he llegit darrerament grans llibres. Però ara feia potser anys que no llegia un que em fes plorar i emocionar-me per la potència del que allí s’explicava i com s’explicava. La història d’una joveneta l’estiu de 1935 que canvia el destí de la seua germana i el jove que estima. Una narració que comença amb tocs de melodrama i que fa riure, i que poc a poc va apropiant-se d’una veu més profunda que atrapa i no deixa anar. Així és Expiació, l’obra que va consagrar el ja molt conegut Ian McEwan. L’empatia de l’autor per traslladar-se al pensament d’una preadolescent de 12 anys és si més no sorprenent. I la delicadesa amb què cada exacte sentiment i emoció és narrat no sembla d’aquest planeta.

Els detalls intimistes i les escenes quasi cinematogràfiques configuren un relat que sorprenentment canvia de narrador diversos cops, com si l’autor no s’hagués pogut decidir entre quina de les veus ho podia fer millor. Si amb la culpa i el desig d’expiació de la joveneta, si amb la intensitat i passió de la germana, si amb la desfeta dels nois que van a la guerra.

D’inquantificable bellesa.

Mierdas de lecturas

Del programa de Roberto Bolaño emès el 27/03/17 (escolta´l)

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Sorpresa, pero nunca decepción. Siempre oí hablar de Bolaño, el chileno más reconocido que, almenos en España, encontró su lugar privilegiado entre las voces que han vivido en Barcelona y que supo adueñarse de un rincón en las librerías y bibliotecas. Este conjunto de relatos, bajo un llamativo título, conforma una cómoda y agradable manera de descubrir al autor, que nos lanza de la risa a la incertidumbre y a ese viejo regusto de las historias extrañas que conviene releer y releer y releer.

Bolaño, de prosa precisa e irónica, nos hace reír, pensar y dudar, verbos trascendetales en la historia de la literatura. Cayó en mis manos por mi mejor amigo, que supo que con su lectura iba a hacer un descubrimiento. Pequeño placer que atesorar.

Goodbye, ruby tuesday

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Y pensando en qué escribir cuando de repente Ana, Anita, ha dejado para siempre su infierno y ha decidido cerrar los ojos más salvajes del rock and roll. Es natural que el lado peligroso de la vida desemboque en el mismo callejón que el de la beatitud y la calma, pero no por ello uno piensa que tanto frenesí dejaría sus huellas en unos rostros tan hermosos. Todos pensaban que ella era inmortal, después de un tren de vida que ríete del otro ángel caído, Marianne Faithfull, y resulta que no acababa así el concierto, sino con un bis fuera de escena. En cambio, algunos mortales sin su historial acaban siéndolo por defecto, libres de los excesos de otra víctima del círculo Stoniano, que van cayendo por lógica, y que acabará cerrándose.

Anita seguirá siendo el nombre visible y a su vez en clave, que nos remite a algunos a las pasiones sin control. Dice Richards que se enamoraron en Valencia, camino de Tánger, y que allí pasaron su primera noche. Después, aquel bellezón fue perdiendo el rumbo, engullida por la implacable Deus ex machina de la banda, pero quién con un nombre como el suyo, quién con fuego, no firmaría. Y quién no arrojaría a la papelera tantos bocetos para escribir algo ingenioso a cambio de contemplar su facciones. Descanse en paz, señora Pallenberg, o la gran importancia de llamarse Ana.

La noche de la iguana

Del programa de Fiodor M. Dostoievski emès el 12/06/17 (escolta´l)

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Como si fuese una batidora transparente, el cerebro de Iggy Pop logró centrarse en este trabajo que ha adquirido categoría de mítico. Tan importante es el ingrediente Bowie como el de Lou Reed, pero no conviene perder la pista de la ciudad de Berlín, en donde empezaba el germen electrogenético, puesto que bastante del sabor del plato resultante es una consecuencia directa de la frialdad onírica de Can, Nu, Kraftwerk, y demás blancos y negros que resuenan también en la portada, donde Iggy parece un fotograma de un film de Fritz Lang. Es ciertamente complejo hablar de este disco, porque en pocas ocasiones se ha producido un cambio tan acusado en la trayectoria de un tipo que casi había sentado las bases del punk más directo con sus desmadradas andanzas con los Stooges. Fue también la grabación una fiesta para idiotas, que se adueñaban del mundo a través de experimentos con estimulantes artificiales, y largas improvisaciones con los músicos, y que a partir de entonces (y nunca más) acuñaron la marca de Iggy Pop, entregado durante las siguientes dos décadas al rock and roll más acelerado. En realidad, The idiot no deja de ser un paseo por un blues rítmico pasado por los sintetizadores, secuenciadores, ecos, y demás andamiaje plantado en plena estepa siberiana, que trasmite algún escalofrío si te encuentras solo cuando lo escuchas. Es, de paso, el punto de partida para asegurar la presencia del particular cantante en cualquier festival que se precie, donde todavía se le puede ver saltando, un poco lejos ya de estos años de locura y transformadores magnéticos, que llamaron la atención de las iguanas tendidas al sol.

No volveré a ser joven

Del programa de Joseph Conrad emès el 06/06/06 (escolta´l)

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Eso decía Jaime Gil de Biedma, él que tanto sabía de renuncias y poemas, de noches largas y diversiones intensas, y que integraba a Elliot, a Pound, a Schiller, pero también un poco a los vividores y activistas, él que se bebió la vida a muchos kilómetros de Kerouac y Ginsberg, de Corso, de Bowles y el exotismo. Claro está que Morrison era del sur, y tal anécdota no lo era tanto cuando llegabas a Los Ángeles, California, desprovisto de pedigrí, cantando como un vampiro romántico a la vieja usanza, rodeado de un barroquismo musical que poco tenía que ver los sonidos guitarreros y distorsiones varias de la factoría Warhol. Nunca fue bien aceptada la banda en aquellos meses donde posicionarse era lo más importante, pero a base de golpes de enorme calidad -este disco es, con perdón, una obra maestra-, Morrison se pudo aliviar de esa etiqueta de salvaje hedonista y algo paleto,  y reivindicarse ante un público musical que lo encumbró aprovechando su apostura física y su voz cálida. Pero injusto sería no reclamar la parte aliquota al resto de la banda, tres músicos que podían sonar como veinte, enmedio de esas atmósferas musicales densas, surrealistas y muy high, que en el fondo era una mezcla entre los Kinks, Elvis, Sinatra, y Kurt Weill, aderezado con el happening, que entonces era lo más avanzado, habida cuenta de las tendencias a los viajes de los sesenta.

Un disco para escucharse siempre, pero preferiblemente antes de los treinta, cuando todo es una mina con escenas extrañas, poblada con serpientes de muchos metros, y de pieles que quizá te esperan a la esquina, desnudas de tiempo, tan firmes y efímeras como los sonidos del amanecer, o la locura, que tan bien retrató un viejo conocido de Jim en los tiempos de la escuela de cine, Francis Coppola, y que inmortalizó para siempre aquel trágico The end. Final de la inocencia, de la juventud, del deseo, de las ilusiones, de todo. Solo les bastó a The doors unos cuantos planos en una película para congelarlos, inmortalizarlos para la posteridad, no dejarlos envejecer, lo que cualquiera firmaría con los ojos cerrados, con Biedma al fondo.

Métodos

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Documentales, revisionismo, campañas de publicidad, entrevistas, libros…orientaciones de un conjunto hacia la obra de un creador que nunca ha dejado de estar ahí -desde el punto de vista musical tampoco- a pesar de que aparentase pasar desapercibido. El equipo de proyectos de Lynch es tan fiel como profesional, y tan experimentado como imaginativo, aunque las ideas tarden años en plasmarse, y la respuesta de los críticos no sea, ni de largo, unánime. Pero, como decía uno de los citados documentales sobre su mundo personal, Lynch vendría a ser como John Huston, y probablemente, sea un contador de historias muy en la línea clásica americana. Si Huston poseía una mano experta para narrar y para dirigir a sus actores, amén de cambiar de género con mucha facilidad, Lynch subvierte esos géneros sin salirse del valor simbólico de los traumas angloamericanos, incidiendo en la oscuridad de los comportamientos, en la vida como un simple decorado que encierra los peores monstruos. En la vuelta de su serie fetiche -que ha recibido los parabienes de la mayoría de observadores y fans- hay mucho de desafío, de rebeldía, de demostrar que no juega con la nostalgia, sino que diseña unas tramas nuevas aprovechando las brasas de entonces. Si la libertad creativa que había demandado es cierta, la estructura de las historias, aparentemente muy rompedora, incluso incomprensible, irá demorando sus impactos iniciales de los primeros capítulos para volver a desarrollar los mismos límites de personajes bastante solos, ahogados entre los espacios amenazantes, manejados por la duda, nunca resuelta, de qué le pasó a una tal Laura Palmer, tan Hitchcokniana o Hustoniana como otras víctimas del silencio, y con tantos homenajes al cine, que esta nueva temporada es un metadiscurso de primer orden, un juego de espejos manejado por un clásico del cine, que conoce perfectamente la tradición, que es fiable.