Sonámbulos en acción

Del programa de Wu Ming emès el 22/05/2018 (escolta´l)                                                                                                                               

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La nueva épica italiana, o el intento más o menos afortunado de un colectivo de escritores que alcanzaron renombre con la más conocida novela Q,  partiendo del McGuffin´de Luther Blisset. Han ido forjándose un prestigio editorial, enclavándose en las arterias de un negocio, pero revertiendo el papel de la producción, del márketing, de las imágenes, de cualquier referencia a alguno de sus miembros. No es casualidad que    L´invisibile ovunque sea un ejemplo de relatos a partir del conflicto, pero siempre reiterando la influencia del movimiento surrealista, especialmente el de su ideólogo, André Breton, El artefacto surrealista ya intentó cuestionar las bases del lenguaje, además de tratar la convicción política, las estructuras sociales, las relaciones de poder, y el arte burgués, de modo que podemos establecer sin demasiado esfuerzo una línea de parecidos razonables entre los surreales subvertidores, y el falansterio del colectivo de creadores italianos, más inclinados últimamente, por razones obvias, al pop.

También hemos tratado alguna vez de la música degenerada, de la persecución de los músicos, en pleno auge del fascismo. La Italia de Mussolini no fue una excepción, y un pionero como Natalino Otto fue censurado, vigilado, y obligado a cambiar el nombre de las piezas originales del swing y del jazz americano, por títulos escritos en la lengua de Dante, solo que ya no sonaba tan luminosa la intención, porque de lo que se trataba era desposeer del lenguaje original la criatura inefable de la creación. Negando el nombre, cambiándolo, se ejercía la humillación más absoluta, la de desposeer de identidad al objeto.  Los músicos de la época, al igual que los surrealistas, compartían una máxima parecida: “La rebelión y sólo la rebelión es creadora de luz, y esa luz no puede tomar más que tres caminos: la poesía, la libertad y el amor”. Nada de eso entendieron los fascistas, que desviaron la luz hacia propósitos menos divinos, afortunadamente sin conseguirlo.

Luz os es dada para bien y para mal (Dante Alighieri).

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No hay máster que por bien no venga, ni cordura que lo contenga. Deber de ser el calor, como repetían los protagonistas de Fuego en el cuerpo, aquella resbalosa versión más o menos afortunada de Perdición, clásico de Billy Wilder que escaneaba la tendencia al incisivo sobre mordida al aprovechamiento, al dinero fácil, al olor a colonia cara, al trepa que únicamente desea ascender bajo la corrupción y el deseo escindido de la inteligencia, o también la alegoría de las pasiones bajas en pos de una salvaje alegría por saltarse las normas, que generalmente, y como manda el tercer acto, acaba con el castigo del proscrito, sepultado por sus ansias desmedidas de poder. En apenas una semana, hemos pasado de los 28 grados del día de la dimisión de Cifuentes, a los 27 de la sentencia acerca del lamentable episodio de La manada, inquietante sobrenombre de una pandilla de salvajes que dejarían los escalofríos de algunos pasajes de los relatos de Jack London en pura versión suavizada de Victoria Holt. Cierto que la indignación no nos abandona, ni debería abandonarnos, ni que las calles queden intransitables por la cantidad de población que no estamos dispuestos a consentir una ofensa judicial de tales proporciones. Decir No es lo que nos permiten las mayúsculas, bien visibles, resaltando la vergüenza, incluida la misma que acompañan los 22 grados de temperatura que separan las declaraciones del Ministro de justicia, apuntando sobre la duda ante la capacidad de cierto vértice de la jurisprudencia para desligar sus problemas personales, o sus enfermedades, de la sentencia que ha conseguido indignarnos a todos (o visto lo visto, quizá no a todos, que como rezaba el Lazarillo de Tormes: razonable vestido, bien peinado, su paso compás en orden…). A día de hoy, casi todos siguen en su puesto, incluyendo el juez, el ministro, y por los pelos, la anterior Presidenta de la Comunidad de Madrid, que se rocía las arrugas del alma con un par de cremas extirpadas de un supermercado nada menos que del barrio de Vallecas, un lugar magnífico, poblado de gente honrada, currantes, sabios, de los que cantan aquello de Rosendo: de niño pijo a sueldo fijo, un carrerón; aplicado en el dictado sol, fa, mi, re, do…

Esta situación da escalofríos, no permite sentirse tranquilos, sienta un muy mal precedente, anula cualquier ansia de reclamar el espacio de la feminidad, siembra razonables dudas respecto a los padres que tienen hijas, y remueve las dudas respecto a lo que significa confiar en los poderes fácticos de este país, amén de temer a los políticos mal preparados que solamente pretenden aparentar que vienen a terminar con el choriceo, y que están esperando a gestionar el sudor de los conciudadanos. Desde luego, sudamos más, que no mejor. Y vendrá un verano todavía más caluroso, donde seguirán los mismos, abrazándose al estilo oso, fulminándose unos a otros, como una serie de mafia barata, donde todo se compra y todo se vende. Lo malo es que será un sudor frío, que no nos permitirá descansar en paz, bajo lunas de palio. Hora de ruido y furia, de No por principios, de No a la violación absuelta, de No a los inmorales, de No a los cómplices, de No a los títulos universitarios regalados, de No a su majestad el conformismo, de No a la anestesia, de No a los días jodidos que nos están haciendo pasar, de No a tragar, de No a consentir, de No a permitir, de No a rendirse, de No a venderse, de No a manipular, de No al sí minúsculo de los que no se acordarán del resto, que departirán las viandas entre los de su clase.

Las manadas, como la mal llamada clase política, terminan devorándose a sí mismas. Lo preocupante, en ambos casos, es que sus componentes tienen un título de servidores del bien común en esta gran nación (!), en palabras del Presidente…Pensar en que todavía lo tienen eleva la temperatura hasta el riesgo de fundir el plomo. No, que No, que basta ya, que la dignidad no se juzga, ni se vence, ni los cuerpos de las mujeres son másters que se regalan, que los límites no pueden diluirse, por mucho que la mediocridad aspira a gestionarse a sí misma. Los lobos acechan porque las puertas del campo se abren, y parece que el que tiene que cerrarlas se ha comido la llave.

 

Sísifo mira

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A estas alturas, a uno le sugieren que vaya a ver esta obra, pero no le invitan fervientemente. En cambio, aprecia que todavía tengan la deferencia para con él o ella. Nada para vencer el cansancio que no repetirse ante el espejo, puesto que lo único que devuelve a veces es el rostro de la prisa, de la monotonía, de un reloj de arena relleno de sangre que cada vez filtra más rápido. Notas rápidas tomadas mientras él o ella esperan al metro, y a pesar de los kilómetros, no pueden apartar el reflejo con el que realmente quisieran identificarse, y que está a kilómetros de distancia, rematando el café, en la vidriera que da a la calle, ajena quizá a los pensamientos. Se supone que no lo sabe, a pesar de tantos y tantos meses, ignora que ha sido fascinante para alguien. Tiene tendencia a esconder la mirada, el vestido de los tímidos, que buscan reflejarse en el suelo. Ser tímido es maravilloso, porque cualquier persona que lo sea piensa que no importa para nadie, y en consecuencia no debe ir por ahí afirmándose. De paso, no ve el monstruo en el cristal, cada mañana, una detrás de otra, idéntica, sin tiempo para morderse los labios, para volver a ser él o ella, que desearían cruzar la calle para ser contemplados de una vez por todas, y acertar con los espejos.

La vida en un aeroplano

Del programa de John Steinbeck emès el 03/04/2018 (escolta´l)

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Seguimos revolviendo en las cajas y cajones para ordenar el material que dejamos cuidadosamente envuelto, donde siempre se encuentran sorpresas estimulantes. Al programa de Orwell con David Bowie, o el de Thelonious Monk con Jane Eyre, le sumamos a Peter, Paul, and Mary, que podría dar la impresión de ser un aseado trío folk tan ausente de estridencias como de innovaciones, a no ser porque ellos firmaron aquella versión tan lucida, sorprendente, e incluso alejada de su estilo como el Living on a jetplane, original de John Denver, que en cambio no tenía (y eso que las versiones generalmente no dejan de ser un reconocimiento de la impotencia propia a favor de la apetencia de lo ajeno) ese hálito swing que la alejaba un tanto de su equipaje country, cosa que sí supo hacer el trío. Solamente por esa canción ya valdría la pena recordarles, no tanto por su recuperación de las raíces de la música popular americana, sino por los intentos de llegar a públicos contemporáneos. Por otra parte, pensamos entonces (cambiando de estilo y de novela) que la importancia de los silencios, de la conciencia, de lo que no se narra excepto callando, hacía coincidir a Charlotte Brontë con el genio de Monk, cuya actitud ante el presente era un tanto similar, rozando las paredes y los tímpanos, deslizando las emociones sin definirse en ninguna, o como un enjambre, versión Cortázar en La vuelta al piano de Thelonious Monk. El pasado año hubiese cumplido un siglo el gran Monk, y unos cuantos menos David Bowie, que se sintió cautivado por las posibilidades estéticas del 1984 de Orwell, a pesar de que en muchos aspectos se alejaba del espíritu de la novela para tomarla como excusa, ya que parecía mucho más cercano al Animals de Pink Floyd que a los acordes de Diamond dogs.

Y así nos hemos ido encontrando con varias docenas de programas que podrían ocupar poco espacio en el caso de un acceso de deseo, de pilotar un aeroplano mientras hemos imaginado historias, oteando los tejados. Al igual que las cajas donde se conservan las vidas, conviene de vez en cuando moverlas de sitio, ni que sea para evitar el polvo o la rutina.

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Desde entonces que no sé nada de M.J. Me alegraría -confesiones pasada la noche, rebosante, piensa al mismo tiempo- volverla a encontrar, conocer cómo es su vida ahora, preguntarle por entonces, si llegó a recuperarse del todo. Qué fue de aquellos días tan tenebrosos, de horas como esqueletos que bailaban sobre los rincones del piso, uno de esos de estudiantes, no demasiado agraciados, con excesiva compañía.

Fue ya en un lugar de copas, cerca de mi casa -prosigue la historia, mientras el desconocido escucha con un leve parpadeo-. Consiguió remontar el vuelo, tenía mejor aspecto, sonreía, menos delgada. Nos veremos, te llamaré. Pero no lo hizo. Solo quedaron las cartas, que no encontraba. Al menos no se me olvida su nombre ni su apellido, la primera vez que pidió ayuda, con lágrimas…y solo eras un profesor -intervino el desconocido- debió de resultar muy duro, desconcertante…todo es desconcertante, una locura…pobre…menos mal, quédate con que lo consiguió…el mundo está loco, es una carrera absurda, una salvajada…

-Gracias- le contesta-. Yo invito, ni que sea por el dichoso día de la huelga, o por los feminismos, o por la madrugada, o por esta ciudad que ha cambiado desde entonces, por el bar donde tomé un café con M.J., cerca de las universidades. Si tuviese que llevar un símbolo para reclamar los derechos de las mujeres, dibujaría sus manos. Tan jóvenes pero tan faltas de sangre, tan blancas…

– Van a cerrar-, interrumpe-…Pero si vuelves por aquí, me toca a mí pagar. Me gusta charlar con extraños, solo me ocupo últimamente de vaciarme, desahogarme, maldecir en voz alta. Yo no conocí esas historias como las tuyas, aunque sí que tienen que ver con las mujeres…pero bueno, a lo mejor decimos eso para ser amables, y no despedirse así de crudamente, sabiendo que será difícil que te lo cuente. Demasiada prisa. Una locura…

Preludio a la invasión

Del programa de Toni Oresanz emès el 05/03/2018 (escolta´l)

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Una de las cosas de las que se lamentaba el protagonista de Las invasiones bárbaras, la magnífica película de Denys Arcand, es no haber podido consumar su verano del amor con Françoise Hardy, por la que sentía una atracción filointelectoestética, en consonancia con los anhelos de una generación, que en muchos momentos se vio superada por el tiempo y las secuelas, y que no acababa de encajar con las nuevas corrientes de pensamiento. El personaje, que en realidad simboliza las contradicciones de muchos pensadores de una izquierda nacida de la posguerra, se aferra al recuerdo de la cantante para aliviar su enfermedad, y su fascinación nace de esa mezcla tan sutil entre el deseo y la timidez, entre los límites del buen gusto y la cosificación, esta última desalojada por los cerebros existencialistas, puesto que Hardy tenía (y tiene) una clase exquisita. No hubiese sido de buen gusto narrar sobre lo hermoso, la sencilla motivación que provoca una imagen.

También fue la intérprete de voz suave y finas maneras (de eso debió de aprender y mucho Carla Bruni) una estrella internacional, que atrajo a decenas de figuras que, curiosamente, venían del rock and roll, caso de Bob Dylan, Mick Jagger, y especialmente, Nick Drake, que se quedó prendada de ella, que escribió su Pink Moon en París, y que compartió una cena a solas. No llegó a más, porque ambos eran dos tímidos irredentos, pero a la frágil personalidad de Drake, aquello terminó por hundirle más todavía, preocupado por su falta de habilidades sociales, por un quizá qué dirán, por cierto componente exótico en tan insólita asociación, un poco como lo que debieron pensar los lugareños cuando vieron entrar a Fernande Olivier del brazo de Pablo Picasso, y que de forma tan ágil recreó Toni Orensanz, allá por la Horta de Sant Joan de 1909, que vivió una convulsión semenjante a la que causó Françoise cuando interpretó aquella sensacional Comment te dire adieu, solo que ella iba del brazo de Gainsbourg, que le escribió esa canción tal que fuese un lienzo colorista, dinámico, bárbaro.

Apocalípticos, utónomos e integrados

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Parece ser que no damos las gracias a todos aquellos que van pasando a la nómina de neologistas, llámense bigotes o demás derivados de la caspa capilar, que suman incesantemente méritos al panorama de una actualidad tan simbólica como desesperante, tan falta de discurso como de rapidez de reflejos. El fin de semana pasado, el equipo de nuestro programa se desplazó a Valencia para pasearla, y de paso para echarle un vistazo a la cartelera cultural, amén de la gastronómica. En pleno devenir de los placeres, y mientras revisábamos la discografía de los Smiths, percibimos que muchas de las canciones de Morrisey no hubiesen pasado ahora mismo ni el primer filtro de la censura, al igual que un puñado de portadas de discos que nos facilitó nuestra buena amiga, la pintora Marina Sánchez, que incluía desde Leonard Cohen a Blind Faith, y a la que desde aquí, merced al retraso, agradecemos. Pero lo más impactante fue recibir un folleto de una especie de partido político, que insuflaba una sintaxis más bien inquietante, rellena de retórica neocon, y sobre todo, auguradora de una nueva vida a la categoría de utónomos, mezcla entre utópicos y autónomos, a la par desasosegante y divertido, como el concepto de Mondongo, acuñado por ese genio de la filología de apellido Pérez. Nos dedicamos a estudiarnos bien el tríptico, adornado por la consabida foto de espacios naturales, conciliadora de humanismos venideros, de fraternidad salvífica envuelta en plástico, mientras pensábamos, ya comiendo en un italiano excelente, que por la izquierda parece que las rosas siguen oliendo a podrido, que no hay más que el carril derecho, tan simbólico como inexistente, lo mismo que la canción que Morrisey le dedicó a la Thatcher, sin raps ni monarquías que en el mundo han sido, sin himnos con letras ni Olé Olé.